Viajes

Viaje musical a Murcia

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Escrito por Sally Bracher.


Asistimos a los ensayos en Pamplona en varias ocasiones, a unos 90 minutos en coche desde Jaca. En uno de los viajes, regresando a medianoche, tuvimos la suerte de estar iluminados por la luz de la luna llena, reflejada en el pantano de Yesa.

Catedral de Murcia

Desde luego, hubo un ensayo de varias horas, que me dejó tan insegura como estaba en cuanto a la polka, pero mucho más satisfecha con respecto al resto.

Es diferente tener un concierto al aire libre a trabajar en un auditorio. Los micrófonos son esenciales; no sólo uno o dos, sino muchos, estratégicamente situados, de manera que se logre el equilibrio correcto entre los diferentes instrumentos de la orquesta y las voces de los cantantes. Lleva mucho tiempo conseguirlo. Para cuando los técnicos de sonido estaban satisfechos (“Primeros violines, inténtenlo otra vez, por favor.” “Gracias. Ahora las violas.” etcétera), todo el mundo estaba helado.

Acabado el ensayo, fuimos a ponernos nuestros trajes de tela blanca (los hombres, los esmoquins y corbatas de pajarita). El período antes del concierto en sí es un tiempo de nervios en el que se hace muy poco. Calentamiento de la voz. Finalmente, otra vez al escenario, desfilando cuidadosamente para situarnos en los lugares correctos.

La fachada barroca de la catedral de Murcia está iluminada en azul tras nosotros y delante, la plaza está abarrotada. El Maestro lleva la típica chaqueta de director a lo Nehru. Levanta sus manos y la orquesta arranca con una emocionante obertura de Verdi. La marcha triunfal de Aida es una buena manera de comenzar un concierto con fuerza. Estamos en marcha. Mirando más allá de la orquesta y el Maestro, hay rostros hasta donde el ojo puede ver. Al final de cada pieza, la gente aplaude, con entusiasmo creciente. Tras haber hecho unas cuantas canciones de zarzuela, no hay manera de pararlos.

Yo mezclo la mímica y el canto en la polka; ésta es mi mayor preocupación. Afortunadamente, a las demás parece irles bastante bien, y a la audiencia le encanta.

Hay hombres con grandes cámaras de video grabando el concierto. Dan vueltas enfocando a los instrumentos y cantantes. En cierto momento pienso que hay un perro cruzando el escenario, pero es un cámara caminando a cuatro patas entre los cellos y la percusión.

Bis. Segundo bis, el Canto a Murcia. Explosión de emoción de parte de la audiencia: hay un solo a cargo de un maravilloso barítono llamado Miguel que podría emocionar a un corazón de piedra. Es casi medianoche cuando el concierto acaba y nos estamos quedando helados. La brisa ha estado soplando y derribando los atriles de música. Todos los instrumentistas tienen pinzas de madera para la ropa para sujetar sus partituras.

Todos los cantantes tenemos las manos y las muñecas cansadas de sostener abiertas nuestras pesadas carpetas.

Día 3

El concierto del viernes fue en Cartagena. Íbamos a desplazarnos en autocares. Llegó uno. El otro no llegó debido a un malentendido. Nuestros organizadores les habían dicho a las dieciséis treinta horas y la compañía de transporte entendió las seis horas y media. Era un error fácil de comprender, pero sembró el pánico entre un grupo muy tenso. Al final llegó un autocar sustituto y nos pusimos en camino.

Gracias a Dios, nuestra conductora no hizo caso a los que le pedían que fuese más rápido. “¡Ni hablar!” Respondió. Con gran competencia adelantó cualquier vehículo que podía adelantar con seguridad en la autopista, y llegamos a Cartagena con el tiempo suficiente para realizar todas esas pruebas de sonido y calentamientos vocales tan interminables.

El “auditorio” era muy bonito. Habían cortado el extremo marítimo de la calle mayor con un andamio. Detrás colgaba una tela blanca enorme. Delante, la plataforma para la orquesta y las filas de gradas para el coro. Un paseo ancho con palmeras altas a los dos lados dando al puerto marítimo estaba lleno de sillas de plástico.

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